La valoración

Califico mi experiencia personal  de 1 a 5 en cuanto a comida, servicio, a mbiente  y relación costo/beneficio 

Misiá Victoria

MISIA

Centro Internacional y Quinta Camacho

Cra. 6 # 27 - 50 (Local 3) - Cra. 7 # 67 - 39

Comida colombiana
 

La sazón: 4,8

La atención: 3,9

La ambientación: 4,1

La relación costo/beneficio: 4,5
 

Precio promedio por persona: 30 - 50 mil
 

 

La visita al panóptico del Museo Nacional es aburridora para la mayoría de los bogotanos. Sin embargo a veces surge la esperanza de que, luego de llevar a nuestros amigos extranjeros a ver las trasnochadas pinturas de Simón Bolívar, podremos disfrutar un delicioso almuerzo en la zona. MISIA es una gran alternativa: este lugar lleva menos de un año abierto y se ha vuelto famoso por ser el restaurante informal de la célebre y adorada Leonor Espinosa.  
 

El sitio consta de un pequeño recinto con pocas mesas, una barra, la cocina abierta y una puertita que da al baño. Su decoración no es pretenciosa, no se hacen los “finolis” como dicen por ahí y es muy rústica: sillas y bancas de madera, baldosa de finca, ollas de aluminio, individuales de plástico, platos esmaltados y avisos coloridos. Todo me pareció hermoso menos el mural de la pared que, aunque da la sensación de piqueteadero popular, es tan enorme que no pude quitarle los ojos de encima.

 

 

De entrada, P y C compartieron una Carimañola de queso (2.500), y otra de carne (2.600), una Longaniza de gallina ahumada (4.900), una Butifarra (2.700) y un Aborrajado (4.700): todo estuvo asombroso. Las carnes —se las comieron antes de poder fotografiarlas— estaban frescas, y las frituras eran crocantes y esponjosas: nada era pesado ni muy grasoso y tenían una sazón casera espectacular.

 

Yo pedí el Calado de berenjena (4.000) que era grande y crujiente; encima tenía lechuga, un consistente puré de berenjena asada —entre dulce y amargo—, ajos crujientes de intenso sabor, tomate asado y una gotita de suero costeño. Lo adoré.

 

Acompañamos nuestra comida con unos deleitosos Raspaos envenenaos. El de P, Lulo y ginebra (12.000), tenía la agradable textura de las pepas del lulo, era ácido y tenía un aroma herbal; el de C, Mojito (11.000), no estuvo tan bien, me pareció muy azucarado y tenía un fuerte sabor a alcohol; y, el mío —Tamarindo y vodka (12.000)— fue una mezcla ganadora, ácido y refrescante. Me encantaron los pitillos con las puntas en forma de pala, típicos del raspado: qué coctel tan divertido. Aunque, tal vez, demasiado divertido: ya con tres estábamos borrachísimas. Así que pilas, nietos.

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De fuerte, C pidió el Arroz con camarón (25.000). Al comienzo lo vimos pequeño pero luego descubrimos que las apariencias engañan y la porción era perfecta. Y, déjenme decirles, es el mejor arroz con camarones que esta anciana ha comido en su vida: ni siquiera sé traducirlo en palabras. Suculento, exquisito, sazonado a la perfección, con camarones al dente, trozos de maduro y cebolla, y un sutil toque de hierbas. La gloria. 

 

 

P se decidió por el Pescado blanco en bistec —este no está en el menú porque fuimos en Bogotá Restaurant Week—: era blando, muy suave de sabor (tanto así que no necesitaba limón) y la salsa era potente, sustanciosa. Yo escogí la Posta negra (29.000), una carne firme pero tierna con una espesa salsa que equilibraba lo salado del caldo de carne con el dulzor de la panela. Ambos platos venían con Arroz con coco blanco (4.900), un gran acompañamiento de sabor delicado y tropical, y también con una fresca Ensalada verde (1.800).

 

 

De postre, compartimos tres diferentes. El Flan de caramelo con titoté (7.000) era esponjosito, no muy dulce y tenía un leve sabor a coco, pero creo que la crema chantilly le sobraba. El Chocolate en texturas (7.000) estuvo excelente, el mousse de chocolate blanco era aterciopelado, dulce, y se acoplaba perfecto al chocolate negro de la torta —aquí les dejo un slow motion—. El Helado de Kola Román (7.000) me pareció único, tenía una contextura muy bien lograda y el almíbar era como para enloquecerse —nomás miren este videito—; eso sí, es un postre súper dulce: aléjese de él si usted es de los que se empalagan fácil. P, además, se tomó un Batido en leche de níspero (9.000) que a ella le encantó pero a mí me supo a avena (ahí sí, nietecitos, depende de sus gustos particulares).

 

 

No tengo mucho que decir sobre el servicio, todos los sardinitos fueron muy simpáticos pero nada especial. MISIA no es un restaurante de manteles: ellos estaban ahí para atender y ya, e hicieron muy bien su trabajo. No puedo exigir más.

 

Muchos critican a MISIA y afirman que pueden conseguir la misma comida en un piqueteadero común a precios más bajos. Les voy a decir por qué no estoy de acuerdo. Primero, los ingredientes son confiables, de buena calidad. Segundo, considero que no se brinda el corrientazo habitual: es una propuesta con un giro gourmet y, además, las preparaciones son artesanales y más saludables. Tercero, si uno quiere una sazón mínimamente parecida a esta, tendría que volar hasta la costa. 

 

Aunque en esta zona empieza a haber una gran oferta de lugares, MISIA emerge victoriosa y triunfante. Volveré para probar una de mis frituras favoritas: la arepa e’ huevo.

 

Calificaciones de los otros comensales

P: 4,3

C: 4,5

 

Tips viejecitos

  • Por la tardecita está medio desocupado: es excelente para tomarse unos traguitos con tranquilidad.

  • Si van a picar con más personas, en vez de pedir todo por separado, escojan los Piquetes Corto (33.000) o Largo (59.000) que vienen con cositas varias.

  • Tienen ajíes especiales hechos en casa, ¡son deliciosos!

 

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